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Congreso
"Juan Pablo II: 25 años de Pontificado.
La Iglesia al servicio del Hombre"
Pontifica
Universidad Lateranense
(Roma, 8-10 de mayo)
Conferencia
del Cardenal Joseph Ratzinger
Las
catorce encíclicas del Santo Padre Juan Pablo II
Sería
absurdo pensar que se puede hablar en media hora de las
catorce encíclicas de nuestro Santo Padre. Sería
preciso examinar cada una detalladamente, para poder
comprender la estructura del conjunto y para captar sus
temas centrales y la línea de su enseñanza. En media
hora sólo se puede brindar una panorámica aproximada y
superficial. La elección de los puntos que subrayamos
es necesariamente unilateral y podría hacerse también
de modo diverso. Además, una valoración conjunta debería
incluir también los demás textos magisteriales del
Papa, que a menudo son de gran trascendencia y
pertenecen sin duda al conjunto de las afirmaciones
doctrinales del Santo Padre.
Dicho
esto, las encíclicas se deben dividir por grupos de
temas afines. Conviene recordar ante todo el tríptico
trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas
Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et
vivificantem. A la década 1981-1991 pertenecen las tres
encíclicas sociales: Laborem exercens, Sollicitudo rei
socialis y Centesimus annus. Luego están las encíclicas
que tratan temas de eclesiología: Slavorum apostoli
(1985), Redemptoris missio (1990) y Ut unum sint (1995).
En el ámbito eclesiológico se puede situar también la
última encíclica, hasta ahora, del Papa: Ecclesia de
Eucharistia (2003), así como en cierto sentido, la encíclica
mariana Redemptoris Mater (1987).
Ya
en su primera encíclica el Papa había unido íntimamente
los temas de la madre Iglesia y de la Madre de la
Iglesia, ensanchándolos al ámbito histórico-teológico
y pneumatológico: "Suplico sobre todo a María, la
celestial Madre de la Iglesia, que se digne, en esta
oración del nuevo Adviento de la humanidad, perseverar
con nosotros que formamos la Iglesia, es decir, el
Cuerpo místico de su Hijo unigénito. Espero que,
gracias a esta oración, podamos recibir al Espíritu
Santo que desciende sobre nosotros (cf. Hch 1, 8) y
convertirnos de este modo en testigos de Cristo
"hasta los últimos confines de la
tierra"" (Redemptor hominis, 22). En la
mariología, para el Papa, se encuentran todos los
grandes temas de la fe: no hay encíclica que no
concluya con una referencia a la Madre del Señor.
Y,
por último, tenemos tres grandes textos doctrinales,
que pueden situarse en el ámbito antropológico:
Veritatis splendor (1993), Evangelium vitae (1995) y
Fides et ratio (1998).
La primera encíclica, Redemptor hominis, es la más
personal, el punto de partida de todas las demás. Sería
fácil demostrar que todos los temas sucesivos ya se
hallaban anticipados en ella: el tema de la verdad y el
vínculo entre verdad y libertad se afronta según toda
la importancia que tiene en un mundo que quiere libertad
pero considera la verdad una pretensión y lo contrario
de la libertad. El celo ecuménico del Papa se aprecia
ya en este primer gran texto magisterial. Los
principales rasgos de la encíclica eucarística
-Eucaristía y sacrificio, sacrificio y redención,
Eucaristía y penitencia- ya se hallan presentes en sus
grandes líneas. El imperativo "no matarás",
que es el gran tema de la Evangelium vitae, es anunciado
con gran fuerza al mundo. Como hemos visto, la orientación
del cristianismo hacia el futuro, típica del Papa, está
relacionada con el tema mariano. Para el Papa, el vínculo
entre la Iglesia y Cristo no es un vínculo con el
pasado, una orientación hacia atrás, sino más bien el
vínculo de quien es y da futuro, y que invita a la
Iglesia a abrirse a un nuevo período de la fe. Su
compromiso personal, su esperanza, pero también su
profundo deseo de que el Señor nos conceda un nuevo
presente de fe y de plenitud de vida, un nuevo Pentecostés,
resulta evidente cuando, casi como una explosión,
prorrumpe en una invocación: "La Iglesia de
nuestro tiempo parece repetir cada vez con mayor fervor
y con santa insistencia: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven!
¡Ven!" (Redemptor hominis, 18).
Todos
estos temas que, como ya hemos dicho, anticipan toda la
obra magisterial del Papa, están conectados por una
visión cuya dirección fundamental debemos tratar de
describir. Con ocasión de los ejercicios que, como
cardenal arzobispo de Cracovia, predicó en 1976 a Pablo
VI y a la Curia romana, explicaba que los intelectuales
católicos polacos, en los primeros años de la
posguerra, al inicio habían tratado de confutar, contra
el materialismo marxista convertido ya en doctrina
oficial, el valor absoluto de la materia. Pero pronto se
desplazó el centro del debate: ya no versaba sobre las
bases filosóficas de las ciencias naturales (aunque
este tema mantiene siempre su importancia), sino sobre
la antropología. El núcleo de la discusión pasó a
ser: ¿qué es el hombre? La cuestión antropológica no
es una teoría filosófica sobre el hombre; tiene un carácter
existencial. Bajo esa cuestión subyace la cuestión de
la redención. ¿Cómo puede vivir el hombre? ¿Quién
tiene la respuesta a la cuestión sobre el hombre?, una
cuestión muy concreta. ¿Quién puede enseñarnos a
vivir: el materialismo, el marxismo o el cristianismo?
Así
pues, la cuestión antropológica es una cuestión científica
y racional, pero, al mismo tiempo, es también una
cuestión pastoral: ¿cómo podemos mostrar a los
hombres el camino que lleva a la vida y ayudarles a
comprender también a los no creyentes que sus
interrogantes son también los nuestros y que, frente al
dilema del hombre de hoy y de entonces, Pedro tenía razón
cuando dijo al Señor: "Señor, ¿a quién iremos?
Sólo tú tienes palabras de vida eterna" (Jn 6,
68). Filosofía, pastoral y fe de la Iglesia se funden
en esta tensión antropológica.
En
su primera encíclica, Redemptor hominis, Juan Pablo II
resumió, por decirlo así, los frutos del camino
recorrido hasta entonces en su calidad de pastor de la
Iglesia y como pensador de nuestro tiempo. Esa primera
encíclica gira en torno a la cuestión del hombre. La
expresión: "el hombre es el camino primero y
fundamental de la Iglesia" (ib., 14) se ha
convertido casi en un lema. Pero, al citarla, a menudo
nos olvidamos de que poco antes el Papa había dicho:
"Jesucristo es el camino principal de la Iglesia.
Él mismo es nuestro camino "hacia la casa del
Padre" (cf. Jn 14, 1 ss) y es también el camino
hacia cada hombre" (ib., 13). Por consiguiente,
también la fórmula del hombre como primer camino de la
Iglesia prosigue así: "camino trazado por Cristo
mismo, camino que inmutablemente conduce a través del
misterio de la Encarnación y de la Redención" (ib.,
14).
Para
el Papa, antropología y cristología son inseparables.
Precisamente Cristo nos ha revelado qué es el hombre y
a dónde debe ir para encontrar la vida. Este Cristo no
es sólo un modelo de existencia humana, un ejemplo de cómo
se debe vivir, sino que "está unido, en cierto
modo, a todo hombre" (ib.). Cristo nos toca en
nuestro interior, en la raíz de nuestra existencia,
transformándose así, desde el interior, en el camino
para el hombre. Rompe el aislamiento del yo; es garantía
de la dignidad indestructible de cada persona y, al
mismo tiempo, es quien supera el individualismo en una
comunicación a la que aspira toda la naturaleza del
hombre.
Para
el Papa, el antropocentrismo es al mismo tiempo
cristocentrismo, y viceversa. Contra la opinión según
la cual sólo a través de las formas primitivas del ser
humano (partiendo de abajo, por decirlo así) se puede
explicar qué es el hombre, el Papa sostiene que
solamente partiendo del hombre perfecto se puede
comprender lo que es el hombre, y que desde este punto
de vista se puede vislumbrar el camino del ser humano. A
este respecto, habría podido referirse a Teilhard de
Chardin, que decía: "La solución científica del
problema humano no deriva exclusivamente del estudio de
los fósiles, sino de una atenta observación de las
características y de las posibilidades del hombre de
hoy, que determinarán al hombre de mañana".
Naturalmente,
Juan Pablo II va mucho más allá de ese diagnóstico:
en definitiva, sólo podemos comprender qué es el
hombre mirando a Aquel que realiza plenamente la
naturaleza del hombre, que es imagen de Dios, el Hijo de
Dios, Dios de Dios y Luz de Luz. Así corresponde
perfectamente a la orientación intrínseca de la
primera encíclica, la cual, en la prosecución del
Magisterio papal, se desarrolló formando, juntamente
con otras dos encíclicas, el tríptico trinitario. La
cuestión del hombre no se puede separar de la cuestión
de Dios. La tesis de Guardini, según el cual sólo
conoce al hombre quien conoce a Dios, encuentra una
clara confirmación en esta fusión de la antropología
con la cuestión de Dios.
Echemos
ahora una mirada a las otras dos tablas del tríptico
trinitario. El tema de Dios Padre aparece velado, por
decirlo así, en primer lugar, bajo el título Dives in
misericordia. Se puede creer que la idea de tratar esta
temática le vino al Papa de la devoción de la
religiosa de Cracovia Faustina Kowalska, a la que
posteriormente elevó al honor de los altares. Poner en
el centro de la fe y de la vida cristiana la
misericordia de Dios fue el gran deseo de esta santa
mujer. Con la fuerza de su vida espiritual, ella puso de
relieve la novedad del cristianismo, precisamente en
nuestro tiempo, marcado por la irreligiosidad de sus
ideologías. Basta recordar que Séneca, un pensador del
mundo romano en muchos aspectos bastante cercano al
cristianismo, dijo una vez: "La compasión es una
debilidad, una enfermedad". Mil años después, san
Bernardo de Claraval, con el espíritu de los santos
Padres, encontró la admirable fórmula: "Dios no
puede padecer, pero puede compadecer".
Considero
muy acertado que el Papa haya centrado su encíclica
sobre Dios Padre en el tema de la misericordia divina.
El primer subtítulo de la encíclica es: "Quien me
ve a mí, ve al Padre" (Jn 14, 9). Ver a Cristo
significa ver al Dios misericordioso. Conviene subrayar
que en esta encíclica la digresión sobre la terminología
bíblica de la misericordia divina en el Antiguo
Testamento ocupa nada menos que tres páginas. En ella
se explica también la palabra rahamim, que proviene de
la palabra rehem (vientre materno), y confiere a la
misericordia de Dios los rasgos del amor materno.
El otro punto central de la encíclica es su profunda
interpretación de la parábola del hijo pródigo, en la
que la imagen del Padre resplandece en toda su grandeza
y belleza.
Quiero
dedicar también unas pocas palabras a la encíclica
sobre el Espíritu Santo, en la cual se trata el tema de
la verdad y de la conciencia. Según el Papa, el auténtico
don del Espíritu Santo es "el don de la verdad de
la conciencia y el don de la certeza de la redención"
(Dominum et vivificantem, 31). Así pues, en la raíz
del pecado está la mentira, el rechazo de la verdad.
"La "desobediencia", como dimensión
originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente
por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma
y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal" (ib.,
36). La perspectiva fundamental de la encíclica
Veritatis splendor ya aparece aquí muy claramente. Es
evidente que el Papa, precisamente en la encíclica
sobre el Espíritu Santo, no se detiene en el diagnóstico
de nuestra situación de peligro, sino que hace ese
diagnóstico para preparar el camino a la curación. En
la conversión, el afán de la conciencia se transforma
en amor que sana, que sabe sufrir: "El dispensador
oculto de esa fuerza salvadora es el Espíritu
Santo" (ib., 5).
He
comentado ampliamente -tal vez demasiado ampliamente- el
tríptico trinitario, porque contiene todo el programa
de las encíclicas sucesivas y lo relaciona con la fe en
Dios. Ahora no tendré más remedio que limitarme a
algunos rasgos esquemáticos de las demás encíclicas.
Las
tres grandes encíclicas sociales aplican la antropología
del Papa a la problemática social de nuestro tiempo.
Juan Pablo II subraya la primacía del hombre sobre los
medios de producción, la primacía del trabajo sobre el
capital y la primacía de la ética sobre la técnica.
En el centro está la dignidad del hombre, que es
siempre un fin y jamás un medio. A partir de aquí se
esclarecen las grandes cuestiones actuales de la problemática
social en contraposición crítica tanto con el marxismo
como con el liberalismo.
Las
encíclicas eclesiológicas merecerían una reflexión
profunda, que no puedo hacer aquí. Ecclesia de
Eucharistia considera a la Iglesia desde el interior y
desde lo alto, y así capta su capacidad de crear comunión;
Redemptoris Mater trata de la prefiguración de la
Iglesia en María y del misterio de su maternidad; las
otras tres encíclicas de este grupo presentan los dos
grandes ámbitos relacionales en los que vive la
Iglesia: el diálogo ecuménico -como búsqueda de la
unidad de los bautizados en obediencia al mandato del Señor,
según la lógica intrínseca de la fe, que ha sido
enviada al mundo por Dios como fuerza de unidad- es el
primer ámbito relacional que el Papa, con toda la
fuerza de su celo ecuménico, introduce en la conciencia
de la Iglesia con la Ut unum sint.
También Slavorum apostoli es un texto ecuménico de
particular belleza. Por una parte, se sitúa en la
relación entre Oriente y Occidente; y, por otra,
muestra la vinculación entre la fe y la cultura, y la
capacidad que tiene la fe para crear cultura, pues llega
al fondo y experimenta una nueva dimensión de la
unidad.
El
otro ámbito relacional atañe a los hombres que
profesan religiones no cristianas o viven sin religión,
para anunciarles a Jesús, del que Pedro dijo a los
fariseos: "En ningún otro hay salvación, pues
ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo,
entre los hombres, por el cual podamos ser salvos"
(Hch 4, 12). En la Redemptoris missio el Papa explica la
relación entre diálogo y anuncio. Muestra que la misión,
el anuncio de Cristo a todos los que no lo conocen,
sigue siendo siempre una obligación, pues todo hombre
espera en su interior a aquel que es a la vez Dios y
hombre, al "Redentor del hombre".
Veamos,
por último, las tres grandes encíclicas en las que la
temática antropológica se desarrolla bajo diversos
aspectos. Veritatis splendor no sólo afronta la crisis
interna de la teología moral en la Iglesia, sino que
pertenece al debate ético de dimensiones mundiales, que
hoy se ha transformado en una cuestión de vida o muerte
para la humanidad. Contra una teología moral que en el
siglo XIX se había reducido de modo cada vez más
preocupante a casuística, ya en los decenios anteriores
al Concilio se había puesto en marcha un decidido
movimiento de oposición. La doctrina moral cristiana se
debía formular nuevamente desde su gran perspectiva
positiva a partir del núcleo de la fe, sin considerarla
como una lista de prohibiciones.
La
idea de la imitación de Cristo y el principio del amor
se desarrollaron como las directrices fundamentales, a
partir de las cuales podían organizarse los diversos
elementos de la doctrina. La voluntad de dejarse
inspirar por la fe como luz nueva que hace transparente
la doctrina moral había llevado a alejarse de la versión
iusnaturalista de la moral en favor de una construcción
de perfil bíblico e histórico-salvífico.
El
concilio Vaticano II había confirmado y reafirmado
estos enfoques. Pero el intento de construir una moral
puramente bíblica resultó imposible ante las demandas
concretas de la época. El puro biblicismo, precisamente
en la teología moral, no es un camino posible. Así, de
modo sorprendentemente rápido, después de una breve
fase en la que se trató de dar a la teología moral una
inspiración bíblica, se intentó una explicación
puramente racional del ethos, pero la vuelta al
pensamiento iusnaturalista resultó imposible: la
corriente antimetafísica, que tal vez ya había
contribuido al intento biblicista, hacía que el derecho
natural pareciera un modelo anticuado y ya inadecuado.
Se
quedó a merced de una racionalidad positivista que ya
no reconocía el bien como tal. "El bien es siempre
-así decía entonces un teólogo moral- sólo mejor
que...". Quedaba como criterio el cálculo de las
consecuencias. Moral es lo que parece más positivo,
teniendo en cuenta las consecuencias previsibles. No
siempre el consecuencialismo se aplicó de modo tan
radical. Pero al final se llegó a una construcción
tal, que se disuelve lo que es moral, pues el bien como
tal no existe. Para ese tipo de racionalidad ni siquiera
la Biblia tiene algo que decir. La sagrada Escritura
puede proporcionar motivaciones, pero no contenidos.
Pero
si las cosas fueran así, el cristianismo como
"camino" -así debería y quisiera ser-
resultaría un fracaso. Y si antes desde la ortodoxia se
había llegado a la ortopraxis, ahora la ortopraxis se
convierte en una trágica ironía: porque en el fondo no
existe.
El
Papa, por el contrario, con gran decisión volvió a dar
legitimidad a la perspectiva metafísica, que es sólo
una consecuencia de la fe en la creación. Una vez más,
partiendo de la fe en la creación, logra vincular y
fundir antropocentrismo y teocentrismo: "la razón
encuentra su verdad y su autoridad en la ley eterna, que
no es otra cosa que la misma sabiduría divina. (...) En
efecto, la ley natural (...) no es otra cosa que la luz
de la inteligencia infundida en nosotros por Dios"
(Veritatis splendor, 40). Precisamente porque el Papa es
partidario de la metafísica en virtud de la fe en la
creación, puede comprender también la Biblia como
Palabra presente, unir la construcción metafísica y bíblica
del ethos. Una perla de la encíclica, significativa
tanto filosófica como teológicamente, es el gran
pasaje sobre el martirio. Si ya no hay nada por lo que
valga la pena morir, entonces también la vida resulta
vacía. Sólo si existe el bien absoluto, por el que
vale la pena morir, y el mal eterno que nunca se
transforma en bien, el hombre es confirmado en su
dignidad y nosotros nos vemos protegidos de la dictadura
de las ideologías.
Este
punto es fundamental también para la encíclica
Evangelium vitae, que el Papa escribió a petición
apremiante del Episcopado mundial, pero que es
igualmente expresión de su apasionada lucha por el
respeto absoluto de la dignidad de la vida humana. La
vida humana, donde se la trata como mera realidad biológica,
se convierte en objeto del cálculo de las
consecuencias. Pero el Papa, con la fe de la Iglesia, ve
la imagen de Dios en el hombre, en todo hombre, sea
pequeño o grande, sea débil o fuerte, sea útil o
parezca inútil. Cristo, el Hijo mismo de Dios hecho
hombre, murió por todo hombre. Esto confiere a cada
hombre un valor infinito, una dignidad absolutamente
intocable.
Precisamente
porque en el hombre hay algo más que mera bios, también
su vida biológica resulta infinitamente valiosa. No
queda a disposición de cualquiera, pues está revestida
de la dignidad de Dios. No hay consecuencias, por más
nobles que sean, que puedan justificar experimentos
sobre el hombre.
Después
de todas las experiencias crueles de abuso del hombre,
aunque las motivaciones pudieran parecer muy elevadas
moralmente, esas palabras eran y son necesarias. Resulta
evidente que la fe es la defensa de la humanidad. En la
situación de ignorancia metafísica en la que nos
encontramos, y que resulta a la vez atrofia moral, la fe
se muestra como lo humano que salva. El Papa, como
portavoz de la fe, defiende al hombre contra una moral
aparente que amenaza con aplastarlo.
Por
último, debemos considerar la gran encíclica Fides et
ratio, sobre la fe y la filosofía. El tema de la
verdad, que marca toda la obra magisterial del Santo
Padre, se desarrolla aquí en todo su dramatismo.
Afirmar la cognoscibilidad de la verdad, o sea, anunciar
el mensaje cristiano como verdad reconocida, se ve hoy
en gran medida como un ataque a la tolerancia y al
pluralismo. La verdad se convierte incluso en una
palabra prohibida.
Pero
precisamente aquí entra en juego, una vez más, la
dignidad del hombre. Si el hombre no es capaz de llegar
a la verdad, entonces todo lo que piensa y hace es puro
convencionalismo, mera tradición. Como hemos visto, no
le queda sino el cálculo de las consecuencias. Pero, ¿quién
puede abarcar realmente con la mirada las consecuencias
de las acciones humanas? Si es así, todas las
religiones son sólo tradiciones, y naturalmente también
el anuncio de la fe cristiana es una pretensión
colonialista o imperialista.
El
cristianismo no está en contradicción con la dignidad
del hombre únicamente si la fe es verdad, pues no daña
a nadie; más aún, es el bien lo que nos debemos recíprocamente.
Como resultado de los grandes éxitos en el ámbito de
las ciencias naturales y de la técnica, la razón ha
perdido la valentía ante los grandes interrogantes del
hombre: sobre Dios, sobre la muerte, sobre la eternidad,
sobre la vida moral. El positivismo se extiende sobre el
ojo interior del hombre como una catarata. Pero si estos
interrogantes, decisivos al final para nuestra vida,
quedan relegados al ámbito de la pura subjetividad y,
por tanto, en definitiva, de la arbitrariedad, nos hemos
quedado ciegos por lo que atañe a nuestra realidad de
hombres.
Partiendo
de la fe, el Papa pide a la razón que tenga la valentía
de reconocer las realidades fundamentales. Si la fe no
tiene la luz de la razón, se reduce a pura tradición,
y con ello declara su profunda arbitrariedad. La fe no
necesita la valentía de la razón por sí misma. No está
contra ella, sino que la impulsa a pretender de sí las
grandes cosas para las cuales ha sido creada. Sapere
aude: con este imperativo Kant describió la naturaleza
del iluminismo.
Se
podría decir que el Papa, de un modo nuevo, apela a una
razón que se ha hecho metafísicamente pusilánime:
Sapere aude! Pretende de ti misma poder hacer grandes
cosas. A esto estás destinada. La fe -así nos dice el
Papa- no quiere hacer que calle la razón, sino que la
quiere liberar del velo de la catarata que, frente a los
grandes interrogantes de la humanidad, está ampliamente
extendido sobre ella.
Una
vez más, se ve que la fe defiende al hombre en su
realidad de ser humano. Josef Pieper expresó una vez
este pensamiento: "En la época final de la
historia, bajo el señorío de la sofística y de una
pseudofilosofía corrupta, la verdadera filosofía se
podrá unir en la unidad primordial con la teología"
y afirmó que así, al final de la historia, "la raíz
de todas las cosas y el sentido último de la existencia
-que quiere decir: el objeto específico de la filosofía-
será visto y considerado sólo por los que creen".
Ahora
bien, nosotros no estamos, en la medida en que se puede
saber, al final de la historia. Pero corremos el peligro
de negar a la razón su auténtica grandeza. Y el Papa
considera, con razón, que la fe está llamada a
impulsar a la razón a tener nuevamente la valentía de
la verdad. Sin la razón, la fe fracasa; sin la fe, la
razón corre el riesgo de atrofiarse. Está en juego el
hombre. Pero, para que el hombre sea redimido, hace
falta el Redentor. Necesitamos a Cristo, hombre, que es
hombre y Dios, "sin confusión ni división"
en una única persona, Redemptor hominis.
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